Yo estornudo aquí, tu te resfrias a miles de kilómetros
Estoy pensando que si yo estornudo aquí, en mi habitación, dentro de mi casa, ¿que importancia tiene ese estornudo, pongamos por caso en Honolulu?. Aparentemente ninguna importancia, sólo aparentemente, diría mi amiga Esther, porque si tu no estás sola en tu habitación, pongamos que no lo estás, pongamos que hay alguien a tu lado, pongamos que hablo de un amigo y que tu estornudo salpica la cara de ese amigo, no porque tu seas mal educada y no estornudes hacia otro lado, sino por falta de tiempo para darte la vuelta. Miles de partículas microscópicas, con su correspondiente carga de virus se expulsan al aire en ese momento y se mantienen en suspensión ( los CSI nos pondrían imágenes gráficas para que nos asustáramos y fuésemos con mascarillas por la vida) Yo no soy CSI y no voy a asustar a nadie.
¿ Por donde iba? Ah si! Las partículas víricas pueden llegar o no a la garganta de tu amigo. Pongamos que llegan. Ya tenemos un griposo más dentro de unos días, porque no te equivoques, no va a ser un contagio inmediato, tendrá un periodo de incubación, o dicho de otra manera, el chico en cuestión se resfriará dentro de una o dos semanas y no recordará que yo, su amiga del alma, estornudó para él. Al contrario, le echará la culpa a aquella corriente de aire, o al frío que hacía aquella tarde que llovió y que incluso llegó empapado a casa. Claro que un chicarrón del norte como el, no se va a meter en la cama por un resfriado tonto, ni hablar.
Pañuelo en mano y expulsando virus, toma un autobús para ir a trabajar, es hora punta y el autobús lleva sardinas enlatadas en lugar de personas. Mi amigo estornuda, atchis, atchis, de nuevo atchis y otra vez los virus, libres y en suspensión buscan rápidamente otro cuerpo donde habitar, y los encuentran, digo si los encuentran, por docenas.
Seguimos el recorrido de una partícula que se introduce en la garganta de un hombre que lleva un maletín. Juraría que es un ejecutivo, o lo parece, que para el caso da igual.
El ejecutivo, maletín en mano se dirige al aeropuerto, contagiado de gripe sin él saberlo y dispuesto a tomar un avión rumbo a New York. Va a estar un mes en la gran ciudad y podrá infectar a un montón de newyorkinos. Después algún americano viajará a Honolulu y aquí no acaba la historia. Pasa el tiempo y el resfriado vuelve, mejorado, eso sí, o mutado en sus genes que diría un biólogo. Atchís.


